Mostrando entradas con la etiqueta *. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta *. Mostrar todas las entradas

18 de enero de 2011

lavidaentera.

yo me pasaría una vida entera contando los lunares de tu espalda. parpadearía, me perdería... y volveríamos a empezar. una, dos y tres veces. y me dormiría con la sensación de no querer despertar. con el miedo a la nada, a las sabanas vacías... o al olor del café. solo bebería una taza de esa extraña combinación de semillas y agua caliente, si tuviera la garantía de que fueran tus lunares derretidos. y seriamos uno. uno solo sin nada que contar. 

24 de octubre de 2010

*

Era algo que todos conocían y que yo me empeñaba en seguir negando. Me estaba enamorando de él. O, para que engañarnos, enamorando de esa idea suya que me había formado en la cabeza. De esa obsesión de pensar que era la persona que hacia tiempo estaba buscando. Esa idea me hacia creer que era el hombre perfecto. Llegué a creer que nadie se podía reír de la misma manera que lo hacia él; agachando la cabeza y arrugando las mejillas. Que nadie era capaz de bailar tan arrítmicamente como él, y por tanto, nadie mas me podría hacer reír de la misma manera en las noches en que salíamos a matar. Sin remedio, esa imagen en la que se había convertido su idea en mi cabeza, pasó a tomar cierto protagonismo en mis sueños. Sin remedio, comenzó a acompañarme en el colchón, haciéndome todo aquello que, como hombre perfecto, llevaba innato en la genética de aquella imagen que me había formado suya en la cabeza. Tenia claro que sabría planchar, poner la lavadora y cocinar comida con bechamel Me hubiera entregado en cuerpo y alma a aquella persona. Y como él tenia los mismos ojos negros, la misma sonrisa perfecta, la misma forma de hacerme de reír que aquella imagen que se paseaba a sus anchas por mi cabeza, comencé, no sin cierto temor, a entregarme en cuerpo y alma a alguien que no sabia planchar, se liaba con los botones de la lavadora, se alimentaba de hamburguesas de 1€ en los restaurantes de comida rápida, y cuando salia a matar, quería matar. Llamarme estúpida, ingenua... borracha que creyó la combinación de sueños que se formaban entre las pocas neuronas de su cabeza. 

11 de junio de 2010

Cuenta conmigo.

Nunca he sido el número uno. Nosotros somos dos y a tu salud, me he tomado tres cervezas. Dejamos escapar en una sóla noche cuatro autobuses, cinco trenes y vimos despegar seis aviones. Hubo siete veces en las que nos olvidamos de pronunciar las ocho letras que necesitábamos. Y que nos salvarían. Tu solías vestir el número nueve en el campo de juego, y jamás nos pusieron un diez en la asignatura que inventamos. Suspendimos igual que las once pestañas vivían suspendidas de tus párpados. Me comí doce pasteles y apagué trece velas en mi último cumpleaños porque me dejaste sin resparación. Y no es por echar o no la culpa ni a ti ni a un estúpido número, pero es cierto que he tenido catorce días de mala suerte. Se me cayeron quince lágrimas mientras veía dieciseis letras duplicadas irse dando diecisiete vueltas por el retrete. Gasté dieciocho tiritas en ocultar las heridas que dejaste en mi, y cada una se despegó diecinueve veces recordándome que al final te quiero o te odio y que estarás, invitablemente, en mi veinte cumpleaños. Que estarás cuando cumpla los veintiuno y los veintidós. Y puede que cada vez que aparezcas me dejes sin respiración veintitrés segundos, los suficientes como para morir veinticuatro veces en tus veinticico abrazos. Llevo veintiseis días sin verte, y he roto veintisiete relaciones esperando al menos veintiocho llamadas tuyas. Me siento como si tuviera veintinueve, y sentada, esperara la crisis de los treinta. He comprado treinta y una tarrinas de helado, para que los treinta y dos días de calor sin ti se me pasen rápido; y tengo preparados treinta y tres disfraces para dejarme la piel cada noche. Quiero conocer treinta y cuatro camas, sin ser yo, y darme cuenta treinta y cinco veces que me faltas al lado cuando me levanto. Pero me engañaré treinta y seis veces, y en cada beso número treinta y siete, te odiaré con la fuerza del número treinta y ocho. La fuerza de la madurez y la pesadez de pensar en ti treinta y nueve veces al día y siempre que el reloj digital marca el número cuarenta en cualquiera de sus dígitos. Te puedo regalar cuarenta y una palabras y olvidar las demás. Pero al menos cuarenta y dos de las que restan me parecen indispensables, como las cuarenta y tres sonrisas que te robé y los cuarenta y cuatro momentos a tu lado recogidos en papel fotográfico. Apareciste un cuarenta y cinco de Agosto y te irás cuarenta y seis años después, con cuarenta y siete arrugas en la cara y cuarenta y ocho punzadas en el corazón. Y solo te seguirán los cuarenta y nueve trozos de papel de tus cartas rotas, las cincuenta zancadas que daba para llegar a tu portal y los cincuenta y un "te voy a echar de menos" que mi ego elevado a cincuenta y dos jamás me haya dejado pronunciar.

23 de mayo de 2010

Nunca tuvimos una canción favorita. Ni un libro, ni una película, ni un sabor, ni un olor. No quedan días de lluvía y hoy no había mermelada en la nevera. Quise olvidar todo y olvidé qué había olvidar. ¡Mierda! Es cierto que alguna vez perdí la cabeza. Las ganas, el miedo y el corazón. No queda nada y nos olvidamos de guardar en un bote de judías: las gotas de sudor, las de la lluvia, y las lágrimas. De guardar en cloroformo las pestañas, los suspiros y las tiritas que nos arrancaron un trozo de nosotros. De mi. De ti. Del tiempo. Y hoy hace calor. En la cama, en el parque, en la estación, en la cocina... Calor sin ti y ya no sé ponerte nombre, mote, seudónimo. Hoy no se veía la televisión y ninguna canción me consuela o me recuerda. He olvidado hasta qué grupos me hicieron sonreír, gritar, cantar y que me doliera la garganta. No sé ni qué serie podría ver para matar el tiempo. He olvidado que nosotros matabamos ilusiones, rompiamos colchones y saltábamos en los charcos. Corríamos detrás de todo y delante de la policía. No sé quien soy. Qué narices fui. Qué cojones seré. Tengo miedo del tic tac de los relojes, de la palabra "nunca", de que aparezcas y no sepamos qué hacer, decir o besar. Me desgastaste. Me doliste. Me arrancaste. Solo recuerdo que tiré el corazón a un contenedor cuando salí corriendo detrás de ti. Y no sé en qué calle fue, en qué esquina o en qué callejón. No sé ni dónde te conocí. Ya no sé ni dónde te besé para quedarme pegada a ti. Ni que canción poner para recordarte, para saber quien fuiste o quien serás, porque nunca dijimos: "Esta es nuestra canción". Ni tampoco sé si esa frase no es más que una leyenda urbana y yo soy una imbécil crédula. Que aún tiene fe en el amor. En amor que desgarra, que duele y que arranca corazones.

4 de marzo de 2010

¿no ves que hay una luz en el fondo de mi corazón?.

Si estuvieras aquí al despertar, te puedo asegurar que todo podría ser más llevadero. No mejor, pero al menos tendría ese hombro contra el que derrumbarme y encajar las terminaciones de mis labios, mi nariz y mis pestañas en tu piel. Tu piel, haciendo de cojín y tus brazos de manta. "Abrígame con poros de tu piel". No paro de cantarlo y a veces siento que no te quieres dar cuenta de que cada palabra de cada canción ahora toma la forma de los túneles de metro. Del cielo de Madrid. Y de tu sonrisa.
Y no te quieres dar cuenta de que me muero por dormir dentro de tí. No te quieres dar cuenta de que me muero porque me despierte tu aliento en el oído y tus manos corriendo por mi espalda dibujando arte en minúscula.
Estoy cansada de los pasos, de dejar que todo siga su camino y de un "si tiene que suceder, sucederá". Y ya no sé si plantarme delante de ti con un cartel de luces de neón que rece un "Te quiero". En mi cama o en la tuya. Que quiero perderme en tu pelo y encontrarme en tus labios, en tus manos y con su ayuda trazar el mapa de tus venas y arterias, hasta llegar al corazón y notarlo con el oído tan pegado a tí, que el sonido me atormente. Me de miedo y te abrace hasta clavarme tus costillas en los antebrazos.
Nadie me ha enseñado lo que se siente cuando se quiere, y nunca creí que nos nacieran mariposas en la barriga en esa época, que ahora dicen que siempre se acaba. Y a veces me pregunto si no he estado equivocada y encima nunca te he querido, o no sé expresarlo... y punto. Y el que no te quieras dar cuenta sea un "no te das cuenta porque no hay nada".
No. ¿Sabes lo que pasa? Que intento escribir cualquier cosa, y siempre sales tu. Y tengo que volver a etiquetarlo con asterisco porque ya no sé como coño se llama lo nuestro si alguna vez ha habido algo más.

Y no te asustes si un día aparezco con ese cartel en luces de neón.

25 de febrero de 2010

filosofía del que no pensó.

No se trata de crecer y menos, de cambiar. Ya no... Ni tan poco se trata de amor, ni de un "no puedo vivir sin tí". No estoy colgando en tus manos, ni soy tu princesa ni me juras que nadie me hará más llorar... Estoy cansada de estereotipos y de canciones que creen que hablan de amor, y nos atormentan en las radiofórmulas. Estoy cansada de que crean que todo tiene un nombre, un matiz y un color. Blanco o negro... y vamos reinventándonos, vamos olvidando los paraguas, y disfrutando de aguaceros que caen con rabia contra los cuerpos capaces de saltar en los charcos sin miedo al agua. Marcamos la diferencia con el viento de cara que nos quiere arrancar la sonrisa de cuajo, nos quiere dejar como todos los demás... Me importa poco que alguien lo entienda o que no. Me importa poco que tu, que lees, no sepas lo que son los besos con sabor a lluvia, o no entiendas lo importante que es tener una banda sonora para cada momento o persona. Supersubmarina, gracias. Y no sé si te ha hecho más ilusión a ti o a mi, si tu sonrisa era más grande que la mía, o si mis ojos han reflejado todo lo que tenían que haber reflejado. Todos los males de la humanidad han comenzado con la necesidad del saber. ¿Cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde? ¿por qué?, ¿cuánto?... Que más da. Estás ahora aquí y mañana allí, porque es esta vida y funciona así... Y me pasaría la vida secándote las mejillas a base de besos y refugiándote en mi paraguas. No quiero que deje de llover ni quiero que dejes de querer estar ahí, con diecinueve, con veinte o con veintitrés.

2 de febrero de 2010

necesito un amor que no cueste trabajo, para seguir de pie.

Que si te vas, que si me voy… que si vengo. Se va, nos vamos… Podemos cambiar el sujeto pero no el verbo. El verbo que marca la vida, la temporalidad de lo material y lo inmaterial. Lo real y lo imaginario. Que los suspiros se van, que las personas nos vamos, que las lágrimas caen y las sonrisas son espacio-temporales. Que las estrellas fugaces desaparecen, que los números de los calendarios vuelan, y tus manos en mi piel ganaron todas las carreras a contrarreloj. Que las palabras son aire, que la tinta la borra el tiempo y los códigos la sobrecarga de información. Que el frío nos hace temblar sólo por momentos, y el calor se pega a la piel para separarse a la luz de la luna. Que la luna desaparece una vez al mes y tu lo haces cada luna llena en el cuarto de cualquiera. En las sábanas de las que después, te olvidarás. Que olvidamos y recordamos a merced de una memoria que siempre nos juega malas pasadas… Que somos efímeros como suspiros, personas, como lágrimas y sonrisas. Efímeros como las estrellas fugaces, como los números de los calendarios, como tus manos en mi piel… Efímeros como las palabras, la tinta o los códigos que dibujo ahora en la pantalla. Como el frío y el calor. Como la luna y las sábanas en las que nos enredamos. Porque nos componemos de las lágrimas derramadas; de los suspiros que se nos escaparon; de las sonrisas que regalamos y de las que coleccionamos; de los sueños que pedimos a las estrellas fugaces que seguimos con la mirada clavada en lo lejano; los números señalados en los calendarios que empiezan y acaban; las palabras que dijimos, escribimos o almacenamos en archivos; el frío que sentimos y en el que gritamos buscando calor, llegara o no y del calor empalagoso o necesitado que nos llenó el alma, que nos alimentó… Y también de todas las lunas compartidas y las sábanas en las que creímos, erróneamente, que algo pudiera ser para siempre. En las que nos juramos estar, besarnos y querernos hasta el día en que con los ojos cerrados, pudiéramos saber que nada es para siempre, y que todo cambia aunque sea mínimamente cuando una lágrima termina de caer, una sonrisa se borra o un suspiro termina. Cuando cumplimos o olvidamos uno de esos sueños que nos alimentaron; o cuando esa palabra corrió veloz y murió, y la tinta se borró, y los códigos se perdieron entre tantos y tantos… O cuando el frío pasa a ser calor, y viceversa. Cuando la luna da paso al sol, y cuando vestidos tan sólo con una sábana en la que se dibujan los reflejos del sol que logran colarse por la persiana nos damos cuenta de que somos efímeros.

20 de diciembre de 2009

incendio de nieve y calor.


Si te digo que me gusta más el frío que el calor es porque, sin quedarnos pegados con el sudor, puedo pedirte que me abraces una y otra vez. Somos inevitables. Una vez llegué a la conclusión de que la vida de cada persona es una vía de tren, y como tal siempre tiene una dirección cofusa. Gira, se tuerce y se mezcla con otras vías. Bonita reflexión filosófica, ¿no crees?. Sólo quería decirte que nuestras vías, nuestras vidas se están cruzando de forma inevitable. Es cierto, las mejores cosas pasan cuando menos te las esperas... Y yo ya no esperzaba nada más. Y llegaste. Me pregunto que hubiera pasado si no hubiera estado en ese lugar. Nunca me planteé llegar a donde estoy y ahora que estoy no me quiero ir. Si te digo que me gusta más el frío es porque quizá sin hablar sea capaz de pedirte que me arropes con los poros de tu piel. Hoy es un día de película y manta. Las temperaturas siguen por debajo de los 0º, y todas y cada una de las letras que dibujo sobre el papel hoy me devuelven la figura de tu sonrisa, esa que, a base de hielo especial para provocar escalofríos, se va tatuando en mi piel. No quiero pensar que el calor alguna vez sea capaz de separar nuestras vías, nuestras vidas, y que me quede desarropada, sudando, tiritando y con tu sonrisa tatuada tan fuerte que no sea capaz de arrancarla. Dije que quería arriesgarme a conocerte, lo estoy haciendo.
A veces hay que saltar con un sólo paracaídas, y lo único que me importa es que a nuestros píes aún haya nieve.

9 de diciembre de 2009

eres como un carrusel...

El problema es que desde que dejé de buscar en cada coche rojo, detrás de cada árbol, detrás de las farolas, a ti te dió por aparecer en cada retrovisor, en cada parking, en cada vagón de tren que nos arrastra en rutinas. Me canso de verte. Me duele que las cosas sean tan inversamente proporcionales a su deseabilidad. Que cuando quería verte, no estuvieras. Que cuando quería abrazarte, no estuvieras. Y cuando quiero odiarte, estás con tu maldita sonrisa. Y lo más triste de todo, si podemos poner algún sentimiento a las situaciones absurdas por las que nos arrastran nuestros caminos, es que sigas sin cruzar la calle, que siempre estés en la misma posición en la que te conocí. Y aunque te empeñes en llenar cada madrugada otra vez con tu olor, cada amanecer con tu sonrisa en el cristal, he aprendido a esquivar todas y cada una de tus armas... hasta la de tu voz risueña que rompe cualquier silencio. He aprendido a escaparme y a ilusionarme con nuevas sonrisas, de las que llegan tan directas que no son capaces de esconderse en el reflejo de ningún transporte público, ni privado. He dejado de jugar con los coches y de correr detrás de tí. Ahora sólo corro para encerrarme en el metro de Madrid y llegar al último vagón de tren en el que pueda perderme con otros recuerdos que ya no te pertenecen, y creo que jamás te pertenecieron. He aprendido a no depender de una sonrisa una vez por semana, ni menos de tu sonrisa una vez cada tres meses... Lo mejor de todo, es que, con nuestra actitud siempre infantil, hemos pasado de jugar al pilla-pilla a jugar al escondite... y aún ninguno ha encontrado el lugar donde no vernos, porque tu siempre vas a estar a punto de cruzar la calle, y yo no paro de ir y de venir.

Quererte odiar

15 de noviembre de 2009

matemáticamente el amor es un error.

No somos A+B, ni B+A, ni cualquier otra ecuación. Ni tan siquiera yo soy a y tú b, o quizá sí, con faltas de ortografía. Ni detrás puede haber un igual "=", por que no somos iguales a nada. No somos números, ni letras, ni logaritmos, y no nos podemos multiplicar por dos, aunque en diversos laboratorios científicos, de gente que pasa la vida como si estuvieran muertos y observando y comiéndose la cabeza con todo a lo que nuestras manos no alcanzan, ¿para qué?, haya clones de los pobres conejillos de indias.
Intenté hacer una raíz cúbica con tu sonrisa y todo acababa por multiplicarse por cero, y si intento escribir amor en la calculadora, al final acaba por devolverme en la pantalla un "syn error".
Buscando explicaciones, acabé por llamar a un mago famoso, de los que empezaron sacando conejos de las chisteras y ahora se juegan la vida en cajas llenas de cerrojos. "Por qué buscas trucos en la magia?"me preguntó detrás de una sonrisa burlona. Me dio el teléfono de un político, y repitiendo la misma pregunta de "¿qué es el amor?" recibí una respuesta que ni siquiera te incluía a ti o a mí. En su manera egoísta de actuar hasta detrás de las cámaras, me habló de él y de cómo mantener una relación correcta y basada en "protocolo". ¡Qué palabra más horrible! "P-r-o-t-o-c-o-l-o". Suena a "culo". Además, sería más graciosa sí cambiaran la "o" por la "u". P-r-o-t-o-c-u-l-o".
Mi próxima víctima fue una estrella del rock, y sólo me habló de "sexo" con "grupies" a las que usaba para hacerse las rayas de cocaína sobre su piel y a pesar de todo, con la mirada me habló de la chica a la que le dedicaba cada uno de los versos de sus canciones, acordes y melodías, a la que no se follaba, sino a la que le hacía el amor, a la que mantenía ajena de esa vida de mierda y flashes. Él mismo me dio la dirección de su abogado, que sólo relacionó amor con dinero, posesiones compartidas y divorcios, y al salir, un periodista del corazón sólo pronunció la palabra "exclusiva" en su definición.
Al final me cansé de buscar, y tu me preguntaste, "¿Dónde estabas?".
"Queriéndote".

23 de octubre de 2009

con las ganas.

Lo inevitable es sinónimo de lluvia y de tu sonrisa.
-Déjame fotografiarte, un día de lluvia.
-¿Para?.
-Quiero que al lado de la palabra inevitable, la RAE incluya tu sonrisa.
Creo que si tu pelo fuera una piscina, saltaría de cabeza y con los ojos cerrados. Y fuera de tus rizos podrían estar a -7ºC, que yo no sentiría nada. Sólo la felicidad, plena y absoluta de estar en ti. De estar contigo... Aunque sólo sean tres segundos. Dos o diez, o ochenta. Sería feliz.
Y lo inevitable sería que nuestros rizos no se enredaran en cualquier almohada, sofá, sillón, colchón o asiento de tren.
Quiero hacer surf en tus pestañas, y tras el salto final, hundirme en tus ojos. Nadar, bucear y naufragar, para que me tengas que salvar. Podría pasarme una vida entera allí, y luego, como gatos, nos quedaran seis oportunidades de vivir y cinco de morir.
Podría buscar en la RAE las definiciones de vivir, y de morir, pero se olvidan de la poesía. Y tu eres poesía.
Vivir es caer, romperse las rodillas y echar a andar otra vez. Mezclarse con los colores, con las personas y con la gente. Sentir. Oler. Tocar. Enredarse. Perderse y encontrarse. Vivámonos.
Morir es llegar a tal punto, es que no es necesario vivir más. Cuando todo lo anterior llega a tal perfección, que no haría falta buscar más.
Y después, reinventémonos, otra vez.
¿Perfección? Es sólo un estado de animo, en el que si todo acabara, seriamos una obra de arte dibujada con una sonrisa en los labios. Una sonrisa de verdad... Como la tuya. Así que, contigo podría morir más veces incluso que las vidas que vivamos.
Y lo será inevitable será que no muramos con los rizos enredados.
Mientras mis dedos escriben, piensan en ti. Sí, creo que cada nervio de mi cuerpo, hoy piensa en ti. Hasta la última terminación de mi sistema arterial. Hasta el último centímetro de piel. Es cómo si el cerebro se hubiera derretido y caído al ritmo de los latidos de mi corazón, porque a mí me explicaron que la capacidad de recordar e imaginarte sólo es competencia suya.
¿Sabes? Podría tocar el piano con tus dientes. Si supiera claro. Sólo por saber cómo suenas, cómo es tu melodía, y quizá podría ser nuestra canción. Esa que bailáramos los jueves por la noche en cualquier línea de metro de Madrid, que no corre, vuela. Como el tiempo.
Lo inevitable entonces sería que no bailáramos tan juntos que fuera capaz de adivinar el perfume que te hechas después de la ducha. Y podría clavar mi nariz en tu cuello, violentamente, para volver a morir en tus brazos. Creo que podríamos ser dos piezas de un puzzle que sólo nos incluye a tí y a mí. Dos gatos que viven en los tejados de Madrid. Y que, siempre terminan por correr entre las subterráneas vías de tren.
Abrázame, es la perfección.



"Que quiero arriesgarme a conocerte"